Ya he pasado el ecuador de este embarazo, Jo sigue dando golpes literalmente con fuerza y haciéndome saber en todo momento qué postura le incomoda, qué comida no le gusta o incluso qué olores le molestan... Y mientras pasa todo esto, mi vida diaria sigue su camino, las clases, las correcciones continuas y extenuantes, la conferencia de ACTFL que se acerca, el viaje a España que ya está ahí, etc. y con todo eso las responsabilidades extras tanto en el trabajo como las que me autopongo yo en casa siguen acumulándose y a veces, sólo a veces, me doy cuenta de que se me olvida casi hasta respirar.
Ya han empezado las largas noches en vela agobiada por absolutamente todo lo que se te pueda imaginar... el otro día me pasé más de una hora dando vueltas en la cama angustiada porque tengo que asegurarme de que la compañía de vuelo acepte la silla del coche que tenemos para volar a España! Pero entre tanto estrés por tonterías, de vez en cuando me vuelven los recuerdos de lo que pasé en su momento cuando Cosmo se incorporó a nuestras vidas.
Nació a finales de octubre, el día que salía de cuentas, lo que me vino genial, por lo ocupada que estaba profesionalmente. Mi universidad permite reducir la jornada laboral a media jornada con el sueldo completo después de llevar un año trabajando... Yo llevaba 10 meses, por lo que no pude solicitar ayuda. Sin embargo, mis colegas de departamento me ayudaron para poder tomar dos semanas libres, me sustituyeron en tres de mis clases y la otra clase la di online, para que mis estudiantes no se vieran afectados por el hecho de que yo tuviera un bebé.
Ya han empezado las largas noches en vela agobiada por absolutamente todo lo que se te pueda imaginar... el otro día me pasé más de una hora dando vueltas en la cama angustiada porque tengo que asegurarme de que la compañía de vuelo acepte la silla del coche que tenemos para volar a España! Pero entre tanto estrés por tonterías, de vez en cuando me vuelven los recuerdos de lo que pasé en su momento cuando Cosmo se incorporó a nuestras vidas.
Nació a finales de octubre, el día que salía de cuentas, lo que me vino genial, por lo ocupada que estaba profesionalmente. Mi universidad permite reducir la jornada laboral a media jornada con el sueldo completo después de llevar un año trabajando... Yo llevaba 10 meses, por lo que no pude solicitar ayuda. Sin embargo, mis colegas de departamento me ayudaron para poder tomar dos semanas libres, me sustituyeron en tres de mis clases y la otra clase la di online, para que mis estudiantes no se vieran afectados por el hecho de que yo tuviera un bebé.
Esas dos semanas fueron las más largas de mi vida... no tener que ir a trabajar hizo que los días no tuvieran fin. Cosmo era un niño buenísimo, sólo lloraba a partir de las 7 de la tarde y se agarró al pecho desde el primer día. La leche me subió sin problemas, no tuve mastitis, producía suficiente leche y parecía que todo iba perfecto. Sin embargo, en mi interior algo estaba pasando. Quería a mi hijo con todo mi corazón, pero no estaba viviendo la maternidad como en las películas... Las horas dando el pecho eran cada vez más duras psicológicamente para mi, y las horas que no estaba dando el pecho me las pasaba conectada al saca-leches porque a las dos semanas volvía a las clases a tiempo completo. Me había convertido en parte de la Central Lechera Asturiana y yo no había firmado ese contrato. Así que cuando volví a las clases estaba contentísima. Por supuesto, dejar a Cosmo el primer día en casa con mi marido fue duro, pero una vez que llegué a la oficina estaba encantada. Volvía a ser profesora a tiempo completo y podría volver a la investigación de mi tesis.
Sin embargo, un mes y medio después de haberme convertido en madre, en una de las revisiones del pediatra, me puse a llorar cuando el médico me preguntó qué tal estaba. Por primera vez puse en palabras todo lo que estaba pasando en mi vida; le dije que lloraba todo el camino desde la oficina hasta casa, le conté que lloraba mientras cuidaba de mi buen-hijo, y lo que es peor, que lloraba incluso más cuando conseguía estar sola unos minutos. Yo no era así; siempre me las había arreglado para sobrevivir en los momentos duros; todo el mundo a mi alrededor me estaba apoyando, diciéndome que era un ejemplo y que tenía un bebé perfecto.
Pero a mi no me valía, lloraba porque no era capaz de seguir el ritmo como profesora, como investigadora, y sobre todo como madre. Las veinticuatro horas del día sentía que estaba fallando, que había algo que no estaba haciendo; y durante las horas que me pasaba con mi hijo pegado al pecho no sentía esa unión de la que todo el mundo hablaba. Mis niveles de ansiedad estaban por las nubes, empezaba a llorar minutos antes de saber que me tocaba dar el pecho, lloraba durante toda la toma y seguía llorando después que hubiese acabado.
Tras seis semanas de desesperación, lloros continuos y sentimientos de fracaso, fui diagnosticada con depresión postparto. El primer paso para salir del pozo en el que estaba, era tomar medicación. Antes de tomarla, llamé a mi pediatra y le pregunté que riesgos había para mi hijo si tomaba la medicación mientras le daba el pecho. Me dijo que los riesgos eran mínimos, pero que dado mi historial, su recomendación como pediatra de mi hijo y como consejero mío era que dejara de dar el pecho.
Me dijo que lloraba todo el tiempo porque me preocupaba por el niño; que estaba siendo una madre, y una de las buenas, al poner su beneficio por encima de mi salud; pero que los beneficios de la leche materna no eran suficientes para la ansiedad que le estaba transmitiendo. Mi hijo necesitaba una madre sana, que disfrutara estando con él. Además, añadió que las mujeres con educación superior tienen mayor probabilidad de sufrir depresión postparto, porque nuestra formación nos enseña a trabajar en situaciones de estrés en las que se puede hacer algo para solucionar un problema. La maternidad no funciona así; me estaba enfrentado a ser madre de la misma forma en que me enfrentaba a un examen, o a crear un nuevo curso. Sin embargo, no estaba funcionando.
Dejé de dar el pecho y aunque algo de la ansiedad desapareció, me encontré con los juicios a los que me tenía que enfrentar cada vez que sacaba el biberón. Me encontraba dando explicaciones a extraños sobre mi situación personal, que era la que trabajaba mientras mi marido se quedaba en casa cuidando de nuestro hijo, que durante tres meses di el pecho de forma exclusiva, que había entrado en una depresión que me estaba impidiendo disfrutar de mi hijo y de todas esas cosas que leía sobre la maternidad y que la hacían parecer uno de los momentos más felices de la vida de una mujer... y como justificación siempre decía que por fin había sentido la conexión con mi hijo cuando le daba el biberón.
La ansiedad por sentirme sobrecargada desapareció, pero entonces surgió la ansiedad por ser una mala madre. Fue entonces cuando me encontré con El club de las malas madres, y poco a poco me encontré con que ¡mi situación no era única! Encontré otros grupos en redes sociales en EEUU (Mommitment) y otros países hispanos (Agobios de madre) que hicieron que aunque no hablaran específicamente sobre mi situación me diera cuenta de que todas las madres sienten esta presión de ser perfectas. Las madres que dan el pecho, las que lo dan de forma extendida, las que damos biberón, las que duermen en co-lecho, las que dejan al niño llorar... de una forma u otra todas las madres parecen encontrar una justificación para esos sentimientos negativos que vienen con la maternidad. Sin embargo, no es hasta hace poco que se ha empezado a hablar de este "tabú". Las conversaciones están en internet, pero tenemos que llevarlas a la vida personal. Yo hablo de mi experiencia con mis amigos, familiares e incluso con mis estudiantes. Todavía siento la necesidad de justificar que no soy una madre horrible, que simplemente cuento mi experiencia.
Después de un año, empecé a sentirme fuerte de nuevo, y dejé de tomar la medicación para la depresión. Profesionalmente, he cumplido todas mis metas, he tenido revisiones excelentes por parte de supervisores, compañeros y estudiantes. He conseguido que el ciclo de evaluación de nuestro programa se regule y que seamos ejemplo dentro de nuestra Facultad de Humanidades, hasta tal punto que he sido nombrada líder de coordinadores en nuestra Facultad. He terminado de escribir la tesis y ya tengo fecha de defensa. He presentado una ponencia en dos conferencia profesionales. En la vida personal, he criado a un niño sano, ágil, compasivo y feliz. He mantenido un matrimonio en el que mi marido no siempre ha ocupado el primer puesto de preferencia, pero ha sabido apoyarme y alentarme para ser la mejor versión de mi misma.
EEUU no tiene conciliación, pero las empresas son conscientes de las necesidades de sus empleados. En casi todos los puestos de trabajo se puede realizar algún tipo de negociación para obtener algún beneficio. Este tema ocupa los periódicos en la actualidad, puesto que en plenas pre-elecciones, Hillary Clinton está haciendo campaña para lograr un beneficio que quitaría mucha presión a las mujeres trabajadoras (Hillary for women).
Por otro lado, leo en los periódicos nuevas peticiones para mejorar las condiciones en España. Las apoyo completamente, pero de vez en cuando leo críticas hacia mujeres que prefieren no hacer uso de las ventajas de la conciliación española. Hace unos meses, leía críticas hacia una de las ministras que no utilizó toda su baja maternal... tenía que dar ejemplo a la sociedad y no renunciar a un derecho que ha costado tanto conseguir (Te lo digo bajito). Este tipo de críticas provocan una nueva oleada de ansiedad en mi persona. Estoy a favor de conseguir el máximo beneficio para las mujeres que lo necesitan, pero no me gusta que se ataque a aquellas que por cualquier motivo no quieran hacer uso de ello. Pienso en mi situación personal, y cómo hubiera reaccionado o pasado por mi experiencia si hubiera estado en España. Personalmente, creo que volver a trabajar a las dos semanas de dar a luz, me salvó la vida, el matrimonio y la relación que tengo con mi hijo.
Como decía al principio, estoy embarazada de nuevo, salgo de cuentas en marzo y ya tengo planeadas mis dos semanas de baja. Sin embargo, al llevar más de un año trabajando podré reducir mi jornada desde enero. Sólo voy a enseñar una clase lo que me dará tiempo para conectar más con mi buen-hijo de dos años y prepararme para la llegada de la buena-hija. Voy a intentar dar el pecho de nuevo, pero sé ya de antemano que a la primera lágrima o al primer sentimiento de ansiedad que tenga cuando esté en plena toma, me pasaré al biberón. Espero no volver a sufrir de depresión; espero que no tener la excusa de volver a trabajar a tiempo completo no me afecte psicológicamente; espero que si me encuentro en ese lugar oscuro en el que estuve con mi primer hijo, la sociedad en general me preste ayuda y que no sufra las críticas y los juicios de aquellos que optan por una maternidad/paternidad diferente a la mía. A fin de cuentas, todas estamos intentando hacerlo lo mejor posible.
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